María continuaba abrazada a Mario, estaba a su lado, ya había dejado de llorar, se alegraba de que estuviera bien, se separaron y mario le acarió la mejilla limpiandole las lágrimas que a la chcia le habían caido de sus ojos, al mismo tiempo le decía:
- No llores, princesa, que tus lloros, son mi tristeza, que tu alegría es mi felicidad, y tu eres mi vida. Se que me han pegado unos chavales que te querrían hacer vete a saber el que, no me lo quiero ni imaginar, siento que te he decpcionado como persona, porque no te he defendido bien, y me hubiera gustado hacerlo, pero he pordido, se que soy un fracaso de...
Pero Mario no acabó lo que le estaba diciendo a María en medio de la penumbra, en aquella habitación con paredes verdes y una cama de noventa con sábanas azules.
María le puso el dedo índice en los labios, tenia una ganas locas de besarlo, pero tenía que resistirse, estaba perdidamente enamorada de él, sentía ese pequeño cosquilleo en el estomágo. Le miró y le dijo:
- Voy a por botiquín a curarte esas heridas, ves a mi habitación - señalando hacia la pared de la derecha- te curo allí y esta noche la pasas aquí, y no quiero un no por respuesta.
María se levantó de la cama, y salió por la puerta, encaminó hacia el baño, cerró la puerta y se sentó en el suelo, le calleron unas lágrimas silenciosas no queria que nadie la oyera.
Se levantó y buscó dentro del armarito el pequeño botiquín, lo cojío y se dirigió a su habitación.
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