María subió corriendo a la
habitación. Se tumbó en su cama. Y se puso a llorar. Unos minutos más tarde,
Adrián llamó a la puerta con los nudillos. Antes de entrar, dijo cariñosamente:
-María…. María… Ratona, ¿se puede pasar?
María no contestó, aunque Adrián
tampoco esperaba una respuesta, pero entró y se sentó en la cama, a la espalda
de María, la cual no miraba a los ojos.
-Ratona, no puede ser… no queremos ni la mamá, ni
nacho, ni yo, que… ¿Cómo se llama?...
-Mario.- respondió María, aún sin mirarle a los ojos.
- Eso Mario… Que ni la mamá, ni nacho ni yo,
queremos que Mario te haga daño, porque… ¿Es que no me vas a mirar o qué?
-No- dijo rotundamente.
-En fin… bueno eso, que no queremos que te haga
daño, los tíos somos todos iguales, vamos a lo que vamos. En fin, ¿ya me
entiendes no?
-Si, se lo que quieres decir. – dijo poniéndose mirando
al techo, y con una sonrisa improvisada.
-Bueno, al menos sonríes, verás Ratona,… te voy a contar una cosa ¿vale?, pero necesito
que me escuches atentamente y sobre todo que no te cabrees. Esto es un poco
complicado…
-Vale, te escucharé.
- ¿Te acuerdas de cuando era yo más pequeño?... sí,
¿Cuándo tenía tu edad más o menos?, y de la casa de veraneo ¿te acuerdas?
-Se quedó embarazada.
-¿Qué?
-Si, se quedó embarazada
-Si, se quedó embarazada
-¿Pero cómo?
- María cielo, ¿Me vas a hacer explicarte el proceso
del polen y la abejita? ¿O lo de la cigüeña de París?.
Los dos se echaron a reír. Echaban
de menos aquellos momentos.
-¿Pero era tuyo?, o sea, que si tu….
-¿Que si soy el padre?
-Si eso…
Le mostró a María una sonrisa
soñadora, de esas que no había visto nunca.
-Sí, yo soy el padre- lo dijo mientras se
aclaraba la voz.
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